Publicado en Conversaciones con ella

El Duelo de Camila

Conocí a Camila hace cinco años. Apenas comenzaba a sumergirme en la práctica diaria de la Psicología y todo me llamaba poderosamente la atención, provocando en mí un estado de alerta contínuo, como si los pacientes me tendiesen diaria y constantemente tretas y acertijos para resolver.

Camila llevaba su pelo blanco recogido en un alto moño y vestía durante días el mismo vestido de una sola pieza, a veces pasaba semanas con él. Se negaba a quitárselo y a lavarlo más a menudo aludiendo que ése era el primer día que lo llevaba puesto y dejando así al desnudo su grave pérdida de memoria y el tremendo déficit de consolidación de información a largo plazo.

Camila caminaba en una posición muy recta y estirada, con los brazos sobre el estómago sosteniendo su monedero, como en un estado de sospecha o defensa permantente; sus pasos largos y pausados, su gesto serio. Ladeaba la cabeza, me miraba y decía sin acabar de sonreir del todo: “Buenos Días, Señorita”

Por cómo llevaba el recogido de pelo ésa mañana y la entonación del saludo ya sabía si habría de ser un buén o un mal día para ella.

Se sentaba en las primeras filas de sillas, frente a la pizarra, cerca de mí, y se quejaba de no poder escuchar bién los números, incomodándose continuamente con las intervenciones de los demás compañeros que repetían los números que iban saliendo, como para confirmar entre ellos que habían escuchado de manera correcta.

Las primeras veces reaccionó de igual manera. Al darle su papeleta con los números para el juego la sostenía un instante con gesto impaciente y de manera enérgica me decía: “¡Deme otra papeleta , Señorita!”

-¿Por qué, Camila? Son todas iguales…-

-¡La digo que me dé otra, ésta no me gusta!

Se la cambiaba por otra y todavía en alguna ocasión la volvía a rechazar, hasta el punto de querer arrebatarme el montón de papeletas para encontrar ella misma la adecuada.

-¿Hay algún número favorito que quieras tener, Camila? Sabes que la probabilidad de que salga uno u otro es la misma, ¿verdad?…

-Lo sé,  lo sé…Me quedo con ésta- y me devolvía el montón de papeletas con un gesto explícito de incomodidad, como diciendo “y no haga usted más preguntas…”.

Todas las tardes ocurría lo mismo. Me llamaba mucho la atención su reacción visceral automática tan pronunciada al estudiar ansiosamente la papeleta y querer cambiarla hasta dar con una que aparentemente fuese de su agrado. Hasta que caí en la cuenta de algo. Quizá no era un número favorito lo que buscaba, sino lo contrario, evitaba algún número concreto por alguna razón.

Comencé a sospechar ésto último cuando mi atención se centró en las papeletas que rechazaba intentando buscar comparativamente entre ellas números en común. Y recordé además, un acontecimiento personal muy traumático que Camila había sufrido hacía muchos años atrás, el fallecimiento de su único hijo de manera accidental, y que podría ser el disparador directo de su agitación.

Una mañana paseando con ella quise saber algo más sobre ello y observé el dolor que todavía dejaba entreveer cuando hablaba de él  y evocaba su recuerdo. Mi pregunta fué directa: “Camila, ¿Cuántos años tenía su hijo cuando falleció?

Ella calló un instante y cerró los ojos…apretó la mandíbula como queriendo retener un vómito de intenso dolor y me respondió: “… 21, tan sólo 21”

A partir de ése día evité a toda costa entregarle una papeleta de Bingo con el número 21 en ella y nunca más volvió a rechazar ninguna .

Camila estaba viviendo todavía y de manera constante después de casi 40 años el duelo no resuelto y el recuerdo doloroso de la muerte de su único hijo.

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