Publicado en Psicología General

El niño que pateaba sus muñecos

Daniel solo tenía 8 años cuando su madre acudió a consulta preocupada por el comportamiento que su hijo estaba teniendo en los últimos meses hacia sus juguetes y en particular, hacia los muñecos y peluches de su hermanita pequeña. Mostraba una actitud muy agresiva hacia todos sus juguetes, todos los días buscaba llamar la atención destrozando alguno de ellos, mediante patadas o mordiéndolos,  pero lo que más la preocupaba y llamaba la atención  era la saña con la que trataba a los muñecos de su hermana. La tarde anterior a decidirse a acudir a consulta había entrado sigilosamente en la habitación de su hermana y había cortado la nariz a todos los muñecos de la niña, poniéndolos en fila de manera cómica y riéndose ante su ocurrencia, sin parecer percibir el dolor y la frustración de su hermana empapada en llanto al descubrir en sus muñecos un agujero en lugar de nariz.

Cuando una persona sufre algún tipo de dolor, físico o psíquico, una respuesta habitual -que no justificada- es pasárselo a otro, como si el hecho de descargar en otra persona la propia angustia ayudara a paliar su amargura. Esto es lo que los biólogos han denominado agresión desviada o redirigida, una conducta relacionada con el abuso que explica por qué los humanos se ensañan a veces con los más débiles como respuesta a su propia frustración.

El profesor de psicología de la Universidad de Washington  David P. Barash lo explica con detalle en el reportaje La agresión desviada de la revista Redes para la ciencia.

Todos hemos experimentado alguna vez el dolor. Cuando pasan cosas malas –y, tarde o temprano, siempre pasan– algo peculiar y profundamente desagradable puede ocurrir después: como efecto de haber resultado heridas, las víctimas a menudo reaccionan, haciendo que otro también sufra el dolor que ellas mismas sufren. Y aquí hay algo curioso: frecuentemente eligen a un inocente, alguien que no era el que les ha causado el sufrimiento, como su propia víctima. Los biólogos llaman a esto “agresión desviada o redirigida”. Opera a través del dolor, a  veces físico, a veces psicológico. Esto ocurre desde hace mucho tiempo, tanto en la vida real como en la literatura: gente que tiene un mal día en el trabajo responde conduciendo de forma agresiva, o gritando a su mujer, su hijo o dándole una patada al perro al llegar a casa. O como el niño  que después de haber sido reprendido por su mamá se desahoga estrujando el cuello de su muñeco favorito o pateando las muñecas de su hermana pequeña. También hay, naturalmente, los conocidos pero poco comprendidos “ciclos de violencia familiar”, en los cuales la gente que ha sufrido abusos de niño se convierten, muchas veces, en abusadores al hacerse adultos. Lo que ocurre aquí es más interesante, más complicado y más irracional que el aprendizaje social o la venganza: cuando un individuo sufre dolor, una respuesta típica es pasárselo a otro, como si la angustia personal de uno pudiera disminuir su intensidad transmitiéndola a otros, independientemente de su culpa o inocencias reales (…)

NADA ES GRATUITO

Si ponemos una rata en una jaula con un suelo electrificado que produce descargas de forma repetida, el pobre animal mostrará muchas señales de estrés. Cuando se le haga la autopsia, se verá que sus glándulas adrenales son más grandes de lo normal, y probablemente, también tendrá úlceras en el estómago. Ambos hechos indican la presencia de estrés. Si repetimos el experimento pero esta vez añadiendo un palo de madera en la jaula, la rata lo mordisqueará y suportará la experiencia mucho mejor. En la autopsia del animal, sus glándulas adrenales serán más pequeñas y tendrán menos úlceras. De alguna manera, mordisquear el palo ha ayudado a la rata. Por último, si ponemos dos ratas en la jaula electrificada y sólo administramos descargas en una de ellas, responderá atacando a la otra. Curiosamente, en la autopsia observaremos que las glándulas adrenales del animal tendrán un tamaño normal e, incluso, a pesar de haber sufrido numerosas descargas, no tendrá úlceras. Cuando los animales responden al estrés y al dolor redirigiendo su agresión fuera de sí mismos, ya sea mordiendo un palo o a otro individuo, parece que se están protegiendo a sí mismos del propio estrés… aunque sea a pesar de infligir daño a otro.

Si consideramos la invasión de Irak durante la administración Bush, está claro que Saddam Hussein no estaba, de ningún modo, conectado con los eventos del 11 de septiembre del 2001. Sin embargo, la agonía producida por el ataque pedía -para los americanos- que algo se hiciese en respuesta. Alguien debía pagar por lo ocurrido y la victima –los Estados Unidos- también debía demostrar que seguía siendo poderosa. El inspector Han Blix, responsable de la búsqueda de las supuestas armas de destrucción masiva iraquíes hasta 2003, afirma en su libro Desarmando Irak, que “está claro que la determinación de los Estados Unidos de invadir Irak no se desencadenó a partir de algo que Irak hizo, sino a partir de las heridas infligidas por Al-Qaeda”. El bombardeo y subsecuente invasión de Irak fue un terrible error pero en su inicio, al menos, representó -de alguna manera- un éxito, ya que sirvió como respuesta a la rabia y la necesidad de muchos americanos de redirigir su dolor post 11/9.

Comprender cómo y por qué la gente se deja llevar por la agresión desviada nos ayuda a entender algunos eventos aparentemente desconectados. Por ejemplo, el poder y la ubicuidad con que se dan los chivos expiatorios (…) Dentro de los Estados Unidos, los afroamericanos han sido los receptores de este dudoso honor a lo largo de su historia. En un estudio clásico, los psicólogos encontraron que podían predecir el número de linchamientos sureños entre 1882 y 1930, simplemente a partir del precio del algodón durante el año anterior. Cuando bajaba, la frecuencia de linchamientos aumentaba. No es que los racistas blancos literalmente culparan a los afroamericanos cada vez que los precios disminuían; en realidad, lo que ocurría era que, cuando la economía iba mal, la rabia, el resentimiento y la frustración por ello eran dirigidos a la minoría sin poder defenderse. El dolor económico y social de los blancos pobres, era pasado hacia los negros, sin que se diesen cuenta de forma consciente de que lo que buscaban eran cabezas de turco en las que desahogar su angustia.

Extraido de : “La agresión desviada” de  David P. Barash (Nº10 de la  revista Redes para la Ciencia)

 

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2 comentarios sobre “El niño que pateaba sus muñecos

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